El centro del lago de la luna

Una pequeña Republica del desconcierto y la desazón.

miércoles, enero 24, 2007

Ecos




No son pocas las cosas que he contado de mi casa y sin embargo no son suficientes. Os dije que ante mi torre la luna se desnuda casi todas las noches. Os conté que a veces llueven flores y también, que una mujer anciana, me juró que habito en una tumba. Que una niña fantasma pasea su barca por mi mirada. Que llueven plantas que devoran gotas de lluvia y que jamás pise lo que mis ojos contemplan todos los días. Sin embargo me asusta pensar que aún no he comenzado a contarlas, que a lo mejor no me da tiempo a recitarlas todas. Que por mi culpa la Nada vencera de nuevo.

Por ejemplo jamás os di cuenta del extraño comportamiento del tiempo en este mundo. Y es que si ya de por si, tine una naturaleza caprichosa, aquí es de profesión desconcertante. El espacio y el tiempo se abrazan y según como se lleven así suceden las cosas No me he vuelto loco. Es facil de explicar. En el lago el tiempo transcurre de una forma. En el camino de otra. En el desierto de una distinta que nada tiene que ver con el de las colinas. Una vez una de ellas desapareció de la noche a la mañana y aunque pudiera ser que fuera el viento el que se la llevara a otro mundo o que no fuera tierra sino espinazo de colosal criatura, lo más seguro es que el tiempo por padecer de vértigo o cualquier otra razón cósmica, se pusiera a correr mucho mucho mucho hasta poner en su sitio a la ambiciosa montaña, tornándola en pradera

Esto explica que lo que a continuación relato sucedió en un día, durante un parpadeo perezoso, un espejismo, el reflejo de un rayo de sol en unos ojos dormidos, algo así. Tornadizo que es el señor tiempo.

Llegaron hermosos y jóvenes (como si fuea algo distinto piensan los viejos como yo). Vestidos con ropajes victorianos, mecidos por victorianas calesas y acompañados de amas de llave y mayordomos de almidón, venían por las tardes a comprobar como avanzaban las obras de la casa que construían a menos de un kilómetro de la mía, en otra ribera del lago. Se quedaban embobados y el atardecer se dormía mirando con envidia la forma que tenían de cogerse las manos y de rendirle silencios al amante. Muchos puestas de sol embriagaron a los mozos mientras mi vejez apenasengordaba una hora sin que durante todo ese tiempo dejaran de amarse, tan victorianos como devotos Daba gusto fumar espíandoles, mientras el fuego gruñía, olvidado en la chimenea.

Poco a poco para ellos, vertiginosamente para mí, la casa fue elevándose y su sombra (algo oscura para mi gusto) avanzando hacia las aguas del lago. Hasta la tarde en que toda la época victoriana consideró la casa lo suficientemente digna como para tasladarse a sus aposentos. Ni siquiera la distancia, mermó un ápice la grandiosidad de la fiesta de bienvenida y miles de caballos y miles de sirvientes vieron desde fuera lo bien que se lo pasaban sus victoriosos amos. Muy tarde ya, ella sensiblemente menos victoriana y con el pelo descabalgado y el sin nada de victoria, la levita desabrochada y el corbatín un burruño, aprovecharon la primera tregua que la soledad se dignó a concederles para frotarse con desespero en un apartado rincón de los jardines. Para gritarse palabras que escuché y no debo repetir. Para quedarse dormidos y despertar mojados, el rocío, las sonrisas, el frío....

Y luego mucho tiempo y risas de niños y balancines chirriando y esas cosas que pasan y no dejan de pasar hasta que sucede lo que no debería, o quizás si, y en un atardecer, una multitud de hombres llevó a hombros un cuerpo, dormido por no decir palabras tremendas, y un grito desgarrador despertó a la noche que nunca más volvió a soñar. Tuve que ir a avivar el fuego pues ya refrescaba y al volver pude observar un desfile de gente que salía de aquella casa, primero invitados, luego criados, luego familiares y después nadie.

Las ventanas fueron tapiadas, las tejas arrancadas, los jardines, indómitos, se transformaron en selvas, la madera fue ennegreciéndose, hasta que calló una de las torres, y liuego otra y las vigas se pudrieron y el viento se empleó con saña y ya amanecía en mi torre cuando la tierra se encargo de las cenizas. Ella nunca se marchó, nunca volvió a salir. Solo el sonido de la ruina y el de los pajaros y el del viento que no cesa. Ley de vida. Tristes finales para felices historias.

De ellos solo quedan mis ojos, me digo mientras me voy a dormir y una vez más, comienzo el olvido.

8 comentarios:

Blogger Zebedeo ha dicho...

Lo sabía, lo sabía, ya sabía yo que usted estaba hecho un voyeur. Lo que no sabía era que era un voyeur de dos jóvenes victorianos (que al final tristemente fueron derrotianos)

Estoy deseando saber a quien espía la próxima vez ;)

Por cierto para encontrar la montaña vaya usted a objetos perdidos o contrate a Colombo :)

7:18 p. m.  
Blogger Eulalia ha dicho...

El tiempo es así: condensa millones de veces, en una sola, millones de historias semejantes. Y vuelta a empezar.
Un beso.

7:37 p. m.  
Blogger cieloazzul ha dicho...

El tiempo!
que a veces corre y a veces se duerme....
y en ese pestañeo...
ocurre la vida y la muerte...
besos Mago...

4:28 a. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

El tiempo en realidad sólo pasa cuando nos vence el olvido.

La Nada nunca podrá vencer mientras sigas escribiendo...

Besos desde el regreso.

8:02 p. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

El avatar del tiempo, es el enemigo que nos tiene en pie con nervio, para caer de rodillas contra la muerte.

8:18 p. m.  
Blogger Trenzas ha dicho...

Y todo sucede en un parpadeo. Mientras avivas el fuego, un ir y venir, el mundo ha cambiado para siempre, y cuando no, acaba para algunos.
Envidio tu atalaya que te permite ver tanto y contarlo tan bien.
Los privilegios de ser un mago :)
Un beso, amigo

10:56 p. m.  
Blogger sergisonic ha dicho...

esto es la ventana indiscreta, contada por el mismísimo tolkien... wow

9:03 p. m.  
Blogger TICTAC ha dicho...

El tiempo se amontona en historias diferentes como las capas de un gran pastel, a todos nos toca un trozo de muchos sabores!
Bello tu relato!!

Un abrazo

9:53 p. m.  

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